jueves, 28 de febrero de 2008

Una vez aquí...

No era más que un día como otro cualquiera, lleno de nadas cotidianas, de pérdida, de huída, de bolsillos vacíos, de lágrimas derramadas sobre un viejo colchón. Decidir dar un minúsculo paso al frente, salir a pasear, perderse entre la multitud, seguir en silencio, ver si la fortuna se alía con uno y le otorga una oportunidad, esa oportunidad de devolverle el sentido que un día perdió el simple hecho de respirar.
Todos son tan extraños. Han perdido el hábito de caminar, su prisa es capaz de abrumar a cualquiera, y sientes miedo de no poder jamás adquirir su ritmo, observar como todos te pasan a gran velocidad. Todas las miradas son iguales, son opacas, impenetrables, y el miedo se convierte en pavor, decides que mejor no volver a levantar tu mirada más allá del horizonte que separa los ojos del extremo de la propia nariz.
Moverse con pasos lánguidos, torpes, lentos, mirando al suelo. Las cuadriculadas estructuras que forman las grises losetas del suelo marcan el próximo, inevitable y aterrador devenir.
Transitar por calles oscuras, húmedas, grises, en las que se mezcla el olor a orina, salitre, perfume de contenedor y vino barato.
Y entonces te encuentras allí, más allá de todo, de todos, de ti, de mí, de ellos…
Bienvenido a “Carrer Malenconia”

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