Parece ser que uno debe de tener una vida realmente intensa para, valga la redundancia, poder decir que ha vivido.
Pues bien, yo puedo admitir, sin temor alguno, que debí de nacer (si es que alguna vez nací) con la rémora de no sentirse vivo. La intensidad no es mi mundo, por lo tanto, muerto he debido transitar por este espacio que llaman vida.
Dicen que hay algunos pilares que hacen que valga la pena este extraño tránsito que nos lleva hacia el objetivo único y final, la muerte. Si hay una cosa que todos tenemos segura no es otra que el morir. Como dice la célebre frase, "la muerte está tan segura de su victoria que te da toda una vida de ventaja" (no sé si es exactamente así o no, pero poco me importa). De esos pilares, de aquello que uno (por la imposición del pensamiento generalizado y ajeno) jamás debe renunciar no conozco el término real. Cuando alguna vez pregunto cuales son esos puntos de apoyo, habitualmente se repiten los mismos términos: familia, salud, amistad, amor...
Que cada cual sustente su existencia, vida, camino,... (o como lo quieran llamar) en lo que realmente sientan suyo. Pero me molesta, de manera sangrante, que intenten que todos seamos borregos en busca de un mismo objetivo. Yo siempre digo lo mismo, más que apoyarme en cosas que no puedo (o debo sentir), me conformaría con hallar equilibrio; por mucho que sepa que no es más que una quimera, un sin sentido, una mentira para intentar apoyar los pies sobre la tierra sin más intención que hacer un tránsito lo más tranquilo posible (si es que la tranquilidad es posible en una mente tan insana como la mía). Ya lo dice la canción, "el equilibrio es imposible". Muchas veces escuché aquello de que tranquilidad y mi persona son antónimos, pero eso que más da.
Pues bien, sin temor a que me llamen raro, estúpido, aséptico, frío, enfermo, puedo asegurar que:
Nunca renuncié a mi familia, a pesar de que siempre fui ese extraño para esos cuya sangre comparto, aunque nunca les haya pedido ayuda, aunque podamos pasar años sin vernos, aunque no hablemos lo que realmente deberíamos, ni de lo que realmente deberíamos hablar,...
Siempre me sentí con mayor salud que los demás, porqué nunca supe que era ella. A pesar de que los hospitales, los ingresos, el dolor físico, ese dolor que no se ve (el que realmente hace daño) me hayan vencido cientos de miles de veces, he sido capaz de gestionar todo desde dentro, sin tener que pedir auxilio, ni consejo,...
A pesar de alguna vez haber pronunciado el término amistad, reconozco no saber que es haber tenido ni un solo amigo de verdad (de hecho, la poca gente que gestioné no dejaron de ser des-conocidos). Todas aquellas personas fueron seres de paso, importantes en momentos puntuales, pero a los que no me pude creer (me imagino que fue un sentimiento mutuo, sin más). Que les vaya bonito...
Nunca conocí el amor (siempre quise poder, pero ni se dio ni pude...), y a pesar de todo, creo que no se portó mal conmigo. Uno no puede tener un mal concepto de aquello que no conoce, sin más...
[Hoy es un muy muy mal día, lo reconozco. Creo que soy tan absurdamente ilógico y estúpido como egoísta. No he soltado ni una sola lágrima, pero siento un enorme vacío en mi interior desde el mismo momento en que me dieron la noticia. Tengo miedo, mucho miedo. No sé como voy a explotar, pero no quiero ni pensarlo, la verdad. Mucha suerte mamá, aunque no te lo haya dicho nunca, te quiero mucho, todo pasará...]
Aunque sean los menos, hay días en que uno siente la necesidad de perderse en el monstruo de asfalto. Me da miedo el andar veloz de la gente, los cientos de ojos que se clavan en el aire, la sensación de ahogo, el ir y venir de los inertes cuerpos al vaivén de las olas de inestabilidad disfrazada de equilibrio...
El sábado, y sin pensarlo mucho, decidí ir a ver a mis padres. Hacía dos años que nuestros cuerpos no coincidían bajo el mismo techo, ni el mismo cielo. Tenía miedo, ese miedo que vino a instalarse aquí, en mi pecho, ese miedo que duele y que cuando no está se le echa de menos (ojalá fuese de más). Como ha pasado el tiempo, parece que dos se haya convertido en cien. Veinticuatro horas de estancia y quince de carretera.
Desde mi vuelta a esta Barcelona que ya no siento mía, no he parado de darle vueltas a la cabeza. La cama es un buen lugar en el que estar cuando la ventana parece el único sitio por el que escapar. Por eso hoy; sin más razón que la de sentir el dolor en los pies, el ahogo, notar como resbala el sudor por la espalda, observar esos seres tan extraños a los que llamamos "ser humano"; decidí perderme bajo el cielo de este monstruo que no asusta a nadie, a este monstruo de asfalto, acero y corazones rotos, a este monstruo de las mil caras, tan lleno de nada y tan vacío de todo aquello que no se puede comprar...
[Lo reconozco, por muy mal que me trate, sólo necesito a mi soledad...]
Olía a café con leche, sugus de fresa, de limón, de naranja, a chicles bang-bang de fresa y de menta, al agua de colonia de mi tía Boni, a bizcocho recién horneado, a... Y yo allí, embobado, frente al televisor...
[¿Será nostalgia? Últimamente dedico gran parte de mi tiempo a recordar aquellos mágicos ochenta, cuando la imaginación era mi más preciado tesoro y la inocencia todavía me hacía creer en la magia, los sueños, la felicidad... Sí, estoy cada día más tontito. Lo reconozco, de vez en cuando, visionando según que cosas, alguna sonrisa y alguna lágrima se conjuran para hacerse una en la comisura de mis labios...]