
Aunque sean los menos, hay días en que uno siente la necesidad de perderse en el monstruo de asfalto. Me da miedo el andar veloz de la gente, los cientos de ojos que se clavan en el aire, la sensación de ahogo, el ir y venir de los inertes cuerpos al vaivén de las olas de inestabilidad disfrazada de equilibrio...
El sábado, y sin pensarlo mucho, decidí ir a ver a mis padres. Hacía dos años que nuestros cuerpos no coincidían bajo el mismo techo, ni el mismo cielo. Tenía miedo, ese miedo que vino a instalarse aquí, en mi pecho, ese miedo que duele y que cuando no está se le echa de menos (ojalá fuese de más). Como ha pasado el tiempo, parece que dos se haya convertido en cien. Veinticuatro horas de estancia y quince de carretera.
Desde mi vuelta a esta Barcelona que ya no siento mía, no he parado de darle vueltas a la cabeza. La cama es un buen lugar en el que estar cuando la ventana parece el único sitio por el que escapar. Por eso hoy; sin más razón que la de sentir el dolor en los pies, el ahogo, notar como resbala el sudor por la espalda, observar esos seres tan extraños a los que llamamos "ser humano"; decidí perderme bajo el cielo de este monstruo que no asusta a nadie, a este monstruo de asfalto, acero y corazones rotos, a este monstruo de las mil caras, tan lleno de nada y tan vacío de todo aquello que no se puede comprar...
[Lo reconozco, por muy mal que me trate, sólo necesito a mi soledad...]
1 comentario:
Hace tiempo que no me pierdo por el asfatlo queriendo... Sin querer muchas veces, pero no a propósito, y por lo tanto no llena igual... En fin...ya va tocando.
Un saludo M.
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