
- ¿No crees que deberías ir haciendo un pensamiento?
- ¿Perdona?
- Me refiero a que ya vas teniendo una edad.
- ¡Coño! eso ya lo sé, pero no entiendo a que te refieres...
- ¡
Joder! ¿Cuántos cumples este año?
- Treinta y tres... ¿y eso que tiene que ver?
- Hombre, mira a tu alrededor, casi todos con los que has coincidido en tu niñez y juventud han hecho algo de provecho con sus vidas, sin embargo tú...
- ¡Sin embargo yo qué!
- Vamos, que no te lo tomes a mal, pero no tienes oficio, ni amigos, ni pareja, ni hijos... ¿no crees que es momento de intentar cambiar?
- Cambiar qué...
- Vamos... Digo yo... Por ejemplo, ¿cuándo tuviste pareja por última vez?
- ¡
Joder! o sea que todo se reduce a eso...
- No, no me refiero a eso. Pero no me has respondido...
- Ya lo sabes, nunca. Nunca se me dieron bien las relaciones humanas. Se puede decir que soy un analfabeto emocional, ¡y a mucha honra!
- ¿Analfabeto emocional? tú lo que eres es gilipollas...
- Vaya, para llegar a esa conclusión no hacía falta esta conversación, con preguntarme:
¿eres gilipollas? yo te hubiese respondido sin tapujos:
sí, lo soy.
- Siempre dando rodeos... Pero alguna vez te habrás enamorado, ¿no?
- Pues como todo el mundo, me imagino.
- ¿Y?
- Y qué...
- ¿Qué pasó?
- Nada.
- ¿Por?
- Porqué no merecía la pena...
- ¿Cómo que no merecía la pena?
- No merecía la pena hacerla perder el tiempo, no hay más...
- ¿Perder el tiempo?
- Sí, perder el tiempo. Eso que se ahorró...
- Definitivamente, ¡eres gilipollas!
- ¿Ves? puedo estar de acuerdo en que lo soy, pero en este caso, no se llama gilipollez, sino sensatez...
- ¡Bah! quien te entienda, que te compre...
- Pues si es así, me temo que voy a pasar toda una eternidad en venta...